Toda una pequeña odisea. En primer lugar, la actividad inmediatamente previa al viaje ha sido, lamentablemente, la asistencia a un entierro familiar. Dado que no quería hacer el viaje vestido con traje y de luto, y con el tiempo más que escaso entre el fin de lo uno y el principio de lo otro, he tenido que recurrir a cambiarme de ropa en un lavabo... toda una experiencia que demuestra como lo de Superman y las cabinas telefónicas era de mentira.

Al llegar al aeropuerto de Barcelona, con las tarjetas de embarque impresas (pese a que era Moscú es un destino con visado exigible y, en principio, no debería estar habilitada esta opción), me informan que el vuelo de conexión a Madrid me lo han cancelado (sin ningún aviso previo).

Afortunadamente, consigo que me den un para un vuelo previo, a ver si así, con suerte, apenas me perdería sólo un trozo de la primera parte del importante partido entre el Barça y el Chelsea.

Pero mi gozo en un pozo. El vuelo re-asignado.. se retrasa, para salir, al final, justo cuando empieza el partido.

Tras pedirlo por mi parte en dos ocasiones (y algún otro pasajero secundándome), se nos informa dos veces durante el vuelo que el resultado es de 0-0.

Al llegar a Madrid, busco la sala VIP de Iberia, que resulta inaccesible para los niveles básico y plata de IberiaPlus e insensible a los devenires futboleros de quienes no tenemos más nivel tarjetil.

Las "chaquetas verdes" me dicen (tras sus mascarillas) que no hay ningún otro televisor en el aeropueto, que ningún bar tiene. En consecuencia, queda escuchar el partido (sus 20 últimos minutos) por la radio del móvil, sin que la cobertura radiofónica demasiado buena.

Acabado el partido, desencantado con el resultado y entrado en el avión, al no estar muy lleno puede uno cambiar el asiento para tener un poco más de espacio y procurar dormir (llegaremos a Moscú a las 6:35 am) tras 4:40 de vuelo.

Sin embargo, lo que impide dormir no es la limitación de espacio (que también) sino un niño hiperactivo de unos 7 años que chilla y juega ...durante todo el vuelo. La madre (joven) no sabe qué hacer. Delante de ella, otra madre, con un niño más pequeño y mucho más silencioso, le pega unas broncas en ruso que me alegro de no entender. Detrás suyo (a mi altura) un ruso con pinta de mafioso y matón, que también increpa a la madre en varias ocasiones, creo que hubiera matado de diversas formas al niño sino fuera porque el deshacerse del cadáver en un avión es algo más difícil.

Pese a todas las consideraciones que se quieran y que sin duda comparto, puedo asegurar que había motivos para perder la paciencia y plantearse la prohibición de admitir niños en este tipo de vuelos.

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