He salido bastante tarde del despacho atendiendo dos asuntos de clientes a los que tengo alta estima, por lo que apenas había cenado antes de acudir al preestreno.

Al entrar en la sala, se me antojaron unas palomitas que, en el cine Verdi y a diferencia de todas las otras salas, aún guardan unas características lógicas (un tamaño no excesivo y un precio de 2 euros).

Pues bien, la palomitera, que me consta que estaba 30 minutos antes de la película, desapareció, abducida tal vez, cuando faltaban 20 minutos, con lo que un servidor, más una simpática chica, más un caballero anónimo y un chico menos anónimo por ser presentador de televisión (tv3) estuvimos un buen rato esperando su regreso.

palomitasLa espera acabó, para algunos, con el honesto procedimiento de considerar el puesto como de self-service, esto es, dejando el dinero en un rincón y cogiendo una de las dos o tres bolsas palomiteras que estaban déjà preparadas.

Para otros, la espera acabó con el regreso con las manos vacías, incrédulos ante la situación, a la butaca, ya que el film iba a comenzar.

¿Abducción?... Según la ¿simpática? taquillera, la encargada de las palomitas...  ¡se había ido a cenar!. Impresionante. Justo cuando la sala más grande del Verdi está llena al 100% (preestreno con grandes expectativas), la palomitera se va a cenar.

Regresé a la sala con mis mejores deseos de buen provecho (y algo de hambre).

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